LA CONJURA
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lunes, 15 de junio de 2026

MADRID, DE CORTE A CHECA

 




En la ciudad de Nastola, al norte de Helsinki, un tipo gordo y alto atraviesa con abrigo de pieles, puro en mano, aire solemne y andares fascistas, el patio de un campo de concentración. Se para ante la celda de un grupo de comunistas españoles capturados en la II Guerra Mundial. Entra, y ante el asombro de los prisioneros les habla en español. En el barracón se hace el silencio hasta que uno de ellos lo reconoce: “Pero si es el conde de Foxá, el que escribió: Madrid, de Corte a Checa”


Así era Agustín de Foxá el autor de este libro, escrito en el año 37, en plena guerra civil española. Un fascista, sí, pero también un hombre inteligente y cínico e imprevisible que haciendo uso de su estatus diplomático no dudó en salvar la vida de un grupo de compatriotas sin importarle su ideología.


La novela está escrita desde el punto de vista del bando sublevado. Es una obra a merced de la propaganda política falangista, un libelo imbuido de la más pura tradición católica que justifica el golpe de Estado previo a la guerra civil.


Pero como una cosa no tiene que ver con la otra, Foxá es también un gran escritor. De una gran capacidad literaria, estilo conciso, audaz en la metáfora y en la ironía. De palabra rápida, ingeniosa, ofensiva.


La obra consta de tres partes: en la primera se relata el final de la Dictadura de Primo de Rivera y el final de la Monarquía; en la segunda, se proclama la II República; y por último, en la tercera parte, la Guerra Civil Española.


El protagonista es José Félix, un joven aristócrata con veleidades revolucionarias, un hombre “tentado por los filmes rusos, la pintura cubista de Picasso, nacido en el siglo de la deshumanización del Arte, abandonando a Dios en la sordidez del Ateneo, a la novia en los libros zoológicos de Freud y a la Patria en los Estatutos de Ginebra”.


Pronto José Félix se desengaña de la República. Todo es decadencia moral y política: Los trabajadores son brutos y resentidos, los intelectuales afines a la izquierda, mediocres y fracasados, y suponen otra decepción para el protagonista; todo va encaminado a una sociedad en la que acecha el comunismo. Por todo esto, y como única forma de volver al orden y evitar el desmoronamiento de la nación, José Félix se afilia a la Falange.


Hoy como ayer, la falange de Foxá.


Hay también una trama sentimental. El protagonista está enamorado de Pilar. Pero ésta, obligada por sus padres, por la necesidad de dinero pues su familia está arruinada, se casa con Miguel Solís, un joven terrateniente con caudales, que tras la boda se nos revela además como juerguista y mujeriego.


El Madrid de las tertulias, de los cafés, es descrito como una gran caricatura. En la segunda parte, durante la vigencia de la II República, el estilo de Foxá es mordaz y grotesco. Recuerda a “las máscaras del héroe”. O más bien al revés. La novela de Juan Manuel de Prada recuerda a la de Foxá en estilo, en personajes, en ese batiburrillo intelectual de la época. Personajes comunes como Pedro Luis de Gálvez salen en ambas novelas. Y otros como, César González Ruano, José Bergamín, y muchos de los intelectuales y políticos de la época.


En las tertulias que describe Foxá encontramos personajes singulares, esperpénticos, como el médico-poeta que trataba de encontrar una lente que devolviera la vista al ojo atrofiado que tenemos en el occipucio. Relata, según él, el esnobismo intelectual simpatizante con los comunistas; uno de ellos Alberti, al que califica de mal poeta, cantando al cemento, las turbinas, el canal de Kiel o el plan quinquenal.


Y llegados a la Guerra Civil, Agustín de Foxá hace un relato descarnado de la contienda, un estado de terror dentro del Madrid sitiado donde cualquiera puede ser perseguido y fusilado a la menor sospecha de pertenecer al bando sublevado. Ello, según Foxá, propició venganzas personales. Olvida Foxá que los militares sublevados fueron los que abrieron la caja de los males.


Hombre, cada uno cuenta la historia según la ha vivido. Está claro que en una guerra se cometen disparates por ambos lados. Pero lo que Foxá cuenta es un horror. Relata, por ejemplo, la historia de los marineros muertos por la república y echados al mar sin ningún reparo. Lo que no cuenta es que la nave en la que iban estaba al mando de la República y que los marineros se amotinaron como terroristas contra la República.


Pero hay un pasaje de la barbarie anticlerical que me ha impresionado. El de los soldados fotografiándose orgullos con los esqueletos de las monjas de un convento. Es cruel, desde luego. Y es real.


Ahora bien, no cuenta Foxá, por ejemplo, las acciones de las tropas moras en Badajoz traídas por Franco de África para defender a los latifundistas españoles.


La vida y la obra de Foxá y la experiencia demuestran que cuando hay guerra lo mejor es escapar, si se puede, a un país neutral.



Era el símbolo de los mediocres en la hora gloriosa de la revancha. Un mundo gris y rencoroso de pedagogos y funcionarios de Correos, de abogadetes y tertulianos mal vestidos, triunfaban con su exaltación. Era el vengador de los cocidos modestos y los pisos de cuarenta duros de los Gutierrez y González anónimos, cargados de hijos y de envidia, paseando con sus mujeres gordas por el Parque del Oeste, de los boticarios que hablan de la Humanidad con h mayúscula, de los cafés lóbregos, de los archivos sin luz, de los opositores sin novia, de los fracasados, de los jefes de negociado veraneantes en Cercedilla, de todo un mundo sin paisaje ni sport, que olían a brasero, a Heraldo de Madrid y a contrato de inquilinos.



Todos repetían en sociedad los temas de sus oposiciones, las preguntas de sus cátedras, las reflexiones de sus críticas, los comentarios de sus bufetes. Porque no habían encontrado todavía ese tono ligero, esa espuma maliciosa y cortés que alude a las cosas y las desflora sin entrar en ellas y que constituye la conversación del hombre de mundo.





lunes, 16 de marzo de 2026

LA PENÍNSULA DE LAS CASAS VACÍAS

 




La verdad es que no sabía si leer este libro de setecientas páginas que tiene tan buena como mala crítica. Al final me decidí a leerlo con atención, por varias razones, como ésta que cuento a continuación.


Un editor de Murcia, un tío campechano, que parece inteligente, con sentido del humor y un gato y que escribe muy requetebién (no es ironía, lo digo en serio) contaba en su página de facebook que David Uclés es... un desinformado y un pedante y que por ello no iba a leer su libro. Luego le dio la razón (con uno de esos emoticonos en el que aparece el dedo pulgar hacia arriba) a un comentario que alguien hizo en su muro llamando borregos a los cuatrocientas personas que fueron a verlo a Cartagena. A ese y a otros comentarios que le bailaban el agua. ¡Un crítico literario que deja mucho que desear para los lectores!


Continuaba nuestro supuesto editor y “duro crítico” comentando el último libro de Uclés “la ciudad de las luces muertas” que tras leer tres páginas en la sección de libros del corte inglés (dicho por él mismo) afirma lo siguiente: “Lo que leí me hizo pasarlo mal, porque me dió (lo escribe con tilde, además de otras faltas que le he visto en su muro, ¡que no pasa ná!, yo también cometo faltas de ortografía pero no hago esas críticas tan severas) hasta pena de cómo puede hacerse algo tan cursi y tan cutre”


Pues eso. Un apasionado odiador de Uclés.




A mí no me gustó el escritor, David Uclés, me pareció—cuando asistí “como borrego” a una conferencia suya— un joven bastante vanidoso y preocupado por el dinero. Y ahora que ha fichado por la Editorial Destino, perteneciente al Grupo Planeta, creo que lo tendremos pronto como Premio Planeta. Pero lo cortés no quita lo valiente.


Además de escritor, David Uclés, es músico, dibujante, cantautor y habla cuatro idiomas. Como dice mi amigo y poeta Antonio G. Soler, "hay gente que nace sabiendo". Así que me puse a leer el libro que además me lo regaló Mariplatónica y del que yo no sabía nada.


Me sorprende encontrar una historia de la guerra civil española contada desde el realismo mágico. Estilo que parece haber asumido como suyo por David Uclés a tenor de su novela “La ciudad sin luces”( último premio Nadal).


En el universo ficcional de “La península de las casas vacías” asistimos a la guerra civil española con la familia de los Odisto Ardolento en Jándula, pueblo trasunto de la ciudad de Quesada (Jaén) durante el inicio y posterior guerra fratricida, con dos hermanos, José y Pablo, enfrentados en bandos opuestos.


Odisto y su mujer María tienen ocho hijos y nadie quedará cuando termine la guerra. No desvelo nada pues lo dice el propio Uclés en la primera página. La idea que inicia la novela, por tanto, es la frase típica que se decía en los pueblos cuando en los hogares ya no hay niños o hijos: “ Cuando ya los hijos no están parece que la casa está vacía”.


La parte histórica ha supuesto para el autor quince años de investigación. Eso dice él. Con una estructura muy trabajada intercala con la ficción capítulos históricos donde aparecen los principales protagonistas de la contienda (militares, políticos, intelectuales y artistas del momento y del futuro también ...) del bando sublevado y del bando legítimo y legal, el republicano.


Relata los crímenes cometidos en ambos lados, las venganzas personales que fueron atroces, aporta datos históricos y otras veces utiliza los augurios de la cuñada de Odisto, Eva, un personaje tipo Casandra que profetiza el futuro), para informar del devenir de la guerra.


David Uclés rompe la línea temporal del relato, y como narrador omnisciente juega a ser Dios con sus personajes. Les habla, los interrumpe, y nos anticipa lo que les va a suceder, juega con nosotros y con los personajes; hasta llegar, por ejemplo, a mantener una conversación de tú a tú con el mismísimo Franco, o con Unamuno, o Robert Capa.


A mí me ha gustado el libro por las razones anteriormente citadas. A ver quien es capaz de escribir un mamotreto de 700 páginas sin aburrir.



—Pues mi hermano Pablito va camino de ser uno de ellos. Dice que en cuanto pueda se irá del pueblo y luchará contra los revolucionarios. Tiene un cuaderno en el que escribe todas las peroratas derechistas que oye por la radio como las de los miembros de la Acción Popular. ¿No escuchaste a Gil-Robles decir que hay que ir a por un Estado nuevo, aunque tengamos que derramar sangre? ¡Y que Iberia había de liberarse de los judíos, herejes, masones, liberales y marxistas!


—¡La Virgen, le faltarán adjetivos! —se ríen—.No sabía lo de tu hermano. No le pega ser de derechas. ¿A quién ha salido? ¿Tu padre de qué pie cojea?

—A mi padre solo le interesa el campo. Vota al partido que le conviene a la huerta.

—¡Como si hubiera algún partido que pensara más en la tierra que en el poder!

—¿Qué pasa, tú también te vas a cambiar de bando?

—No. Yo seré siempre de izquierdas. ¿Cuándo querrá el Dios del cielo que la tortilla se vuelva y los pobres coman pan y los ricos coman mierda?—. Pero no me jodas, José… No es posible que los nuestros sean unos santos y los otros el demonio, ¿no? Vivimos en un pueblo de izquierdas y no nos enteramos de la misa la media. Dice mi padre que el otro día fue a llevar¿no? Dos terneros a un pueblo de Graná y que vio una turba acuchillar a un guardia civil a plena luz del día. Luego le contó en la peña y dijo que nadie se atrevía a admitir que era una mala acción. De hecho Venancio lo amenazó con hacerle otro tanto si hablaba mal de “nuestros camaradas”.

—¡Y eso que tu padre no se mete con nadie! ¡Si no sale del establo ni pa cagar!





domingo, 15 de febrero de 2026

A SANGRE Y FUEGO

 



Chaves Nogales escribe estos relatos sobre la guerra civil española cuando se encontraba en el exilio, entre el año 1936 y 1937. Abandona España junto a su familia y se instala en París en el momento en que siente que todo está perdido y sin esperanza para el pueblo español.


Tiempo antes,  los consejos obreros habían tomado la propiedad del periódico donde trabajaba Chaves Nogales. El periodista se convirtió en aquellos años en el“camarada director”poniéndose a las órdenes de los obreros y revolucionarios cuando antes lo estuvo del capitalismo.


Pero Manuel Chaves Nogales se declara como un pequeñoburgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Antifascista y antirrevolucionario, cuya única verdad era su odio insuperable a la estupidez y a la crueldad. Una aversión natural al pecado contra la inteligencia.




Perseguido por los fascistas y muy mal visto por los revolucionarios, anarquistas y comunistas, y sin encajar en ninguno de los bandos enfrentados, sus ideas constituyen lo que ahora ha venido a llamarse la TERCERA ESPAÑA.


Son once relatos crueles donde se muestra la sinrazón de una guerra fratricida. Relatos sacados de la realidad, de lo que había visto y presenciado o de lo que le habían contado y oído. Sin rodeos, con una prosa rápida y ágil, trata de dar una perspectiva crítica y honesta desde el punto de vista de la ilustración.


A veces (solo a veces), encontramos algún rasgo de humanidad entre los personajes. Aquellos que cuentan con una serie de valores por encima de su ideología, ya sean fascistas o revolucionarios. Es el caso de Rafaelito, el hijo del marqués en el relato “La gesta de los caballistas”, que pudo matar como un conejo a un fugitivo republicano y que dejó escapar sin saber por qué.



De todos los relatos destaco "Consejo obrero” por ser, en mi opinión, el más político y crítico. Daniel, el protagonista, es expulsado de la fábrica donde trabajaba por no haber hecho méritos revolucionarios y por ello corre el riesgo de que las milicias lo maten. Para protegerse intenta afiliarse al sindicato anarquista CNT. La libertad individual, el derecho a la vida y al trabajo, frente al sectarismo de cualquier signo político, proletario o capitalista.


Un clásico de la literatura sobre la guerra civil española y que seguro habrá leído el ahora tan famoso David Uclés.



Demócrata antes de cualquier otra consideración política; enemigo de los extremismos de izquierdas y derechas; partidario del diálogo que había sido pisoteado por ambos bandos contendientes; herido en su alma por la contemplación

de la masacre causada por la guerra, Manuel Chaves Nogales defiende una postura que muy pocos se atrevían a defender en el momento: encuentra que, por encima de todos los problemas que acosaban a la sociedad, dos fuerzas se habían enfrentado en el suelo español para imponer sus criterios, ambas extrañas al país y ambas, seno de acogida de todo tipo de seres deplorables, que se amparaban en los miles de combatientes, de uno y otro lado.


(De la introducción de Maria Isabel Cintas)





lunes, 19 de enero de 2026

LA NOCHE EN QUE MATARON A CALVO SOTELO

 





El hispanista e irlandés Ian Gibson nos relata en este libro el episodio que se supone el detonante definitivo (o excusa) de la Guerra Civil Española. Ocurrió el 13 de julio de 1936 cuando Calvo Sotelo, político de derechas y opositor importante a la República, fue secuestrado en su domicilio y asesinado de dos tiros en una camioneta policial.


Ian Gibson combina la crónica con el trabajo de archivo, con las intervenciones del Diario de sesiones parlamentarias de la época, entrevistas a los protagonistas supervivientes, en un relato que intenta esclarecer lo ocurrido, consciente de la complejidad del momento histórico.


Por aquel entonces Madrid era un hervidero de tensiones políticas. Tras las últimas elecciones donde había ganado el Frente Popular, los diversos partidos de derechas, (la CEDA, Falange Española, y la propia RENOVACIÓN ESPAÑOLA presidida por Calvo Sotelo y partidaria de una monarquía autoritaria), se enfrentan con el Gobierno en una cadena de atentados y represalias continuas que terminan con un rastro de asesinatos por ambas partes.


La Falange no había conseguido llegar a un acuerdo con Gil Robles, máximo dirigente del Frente Nacional. Jose Antonio Primo de Rivera fue encarcelado, (consideraba que Calvo Sotelo no servía como caudillo de un movimiento salvador pues no sabía montar a caballo).


El fracaso en las últimas elecciones del 36 convirtió a Calvo Sotelo en el nuevo capitán de las derechas. Sus discursos rechazaban la democracia republicana y abogaba por la implantación de un nuevo estado de tipo corportativo fascista.


El relato del asesinato de Calvo Sotelo comienza con otra muerte: la de Anastasio de los Reyes, alférez de la guardia civil, muerto el 14 de abril de 1936 mientras veía el desfile conmemorativo del triunfo de la República.


No está muy claro la intencionalidad del asesinato de Reyes. Mientras algunos piensan que fue un crimen premeditado, otros, creen que fue la mala suerte de una bala perdida en una refriega. Madrid, en aquella época, era como el viejo oeste donde era habitual tiroteos, altercados, venganzas, y ajuste de cuentas. Durante el desfile ciertos grupos reaccionarios soltaron una traca contra la parte posterior de la tribuna presidencial. Después hubo un tiroteo con varios heridos y un muerto que resultó ser un alférez de la Guardia Civil vestido de paisano: Anastasio de los Reyes López.


Nunca se supo quien lo había matado.


El propio hijo de la víctima declaró que su padre, Anastasio de Reyes, no era una persona con ideas políticas, al menos no hablaba notoriamente de política, sin embargo los grupos no afectos a la república aprovecharon su muerte para su propia propaganda, con un entierro que duró tres horas por las calles de Madrid en medio de una batalla campal con ráfagas de metralleta.


Entre los ultraderechistas corrió el rumor que el responsable era el teniente Castillo, a pesar de que no había ningún indicio de que participara en los sucesos.


Y aquella misma noche el teniente Castillo recibió su primera amenaza de muerte.


José del Castillo fue asesinado la noche del 12 de julio de 1936 cuando salía de su casa para dirigirse al Cuartel de Pontejos. Era guardia de asalto, masón, comprometido con la izquierda. Fue famosa su frase en su actuación de la revolución en 1934 donde dijo: “Yo no tiro sobre el pueblo”.


“ Hay que tener en cuenta el ambiente de aquella noche, después del asesinato del teniente Castillo. Nadie tenía confianza en el Gobierno, y los amigos de Castillo, con la indignación que sentían, decidieron actuar por su cuenta deteniendo a los políticos de derechas que se consideraban culpables de aquella situación”.


Tras la muerte del teniente Castillo había ya un ambiente de guerra civil.


Algunos oficiales de Pontejos reaccionaron anticipándose a los fascistas. En la camioneta número 17 un grupo de oficiales fueron primero a por Gil Robles al que no encontraron y después a por Calvo Sotelo.


Entre todos los que iban en la camioneta n.º 17 estaban Fernando Cordés (amigo del teniente Castillo) y Luis Cuenca. Fue este último, Luis Cuenca, un individuo agresivo y exaltado al que llamaban “el cubano” quien disparó contra Calvo Sotelo. El cuerpo lo dejaron en la madrugada del 13 de julio en el cementerio del Este en Madrid.


Aquella noche le tocaba al comandante Ricardo Burillo estar de guardia en la Dirección General de Seguridad, lugar desde donde saldría la camioneta. Y aunque él no tuvo nada que ver en el asesinato y así lo declaró dos días antes de ser fusilado ante su compañero de la cárcel en una declaración sincera y emocionante rogándole que un día la hiciera pública, fue condenado por el régimen franquista.


La historia posterior ya es conocida por todos… ¿o no?



Según el diputado socialista, Condés le dijo que su intención había sido sólo secuestrar al jefe del Bloque Nacional—y con él, a Gil Robles y a Goicoechea—,con la idea de tenerles como rehenes. Insistió en que no había pensado en matarles. El y sus compañeros estimaban, dijo, que al secuestrar a los dirigentes de la conspiración contra la República existía la posibilidad de coartar la sublevación. Pero había surgido lo imprevisto. Condés culpaba de la muerte de Calvo Sotelo únicamente al “cubano”.






jueves, 8 de enero de 2026

VIDA Y MUERTE DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA

 




Henry Buckley fue uno de los más importantes reporteros que informó sobre la guerra civil española. El periodista inglés vio más del enfrentamiento español que ningún otro corresponsal. Se relacionó con los grandes personajes de la guerra, Dolores Ibarruri, Enrique Líster, Negrín; coincidió con Hemingway en la batalla de Teruel y en la del Ebro , y vivió en directo los acontecimientos más relevantes de una época y sus protagonistas.


Henry Buckley llegó a España a finales del año 1929 como corresponsal de The Daily Telegraph, a tiempo de presenciar la caída de Miguel Primo de Rivera y con ello el final de la monarquía de Alfonso XIII y el principio y posterior derrota de la II República Española.


Henry Buckley


Comienza el libro con las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 cuyos resultados pusieron en entredicho al rey y a la institución monárquica y determinaron la llegada de la Segunda República Española.


“Para el hombre de la calle, la llegada de la República significaba el fin de la era feudal en España; el fin de la hegemonía de la Iglesia, el Ejército, la Corona, y la oligarquía sobre el resto de los españoles”.


Fue testigo del nombramiento de los presidentes de la República Alcalá Zamora y de Manuel Azaña. De Negrín dice ser la persona más interesante que conoció en la guerra. “¿Qué demonios hacía ese canario bonachón y bon vivant que desde siempre había mirado con desprecio la política, que había sido elegido diputado un par de veces pero que jamás había pronunciado un discurso parlamentario, que hacía aquel hombre al frente de la República en su hora más crítica( 1939)?”




Denuncia el nefasto papel jugado por las democracias europeas, como Inglaterra y Francia, en su decisión de no ayudar a la República Española, lo que contribuyó a la victoria de Franco.


Los acusa de pasividad y de negarles la ayuda y el apoyo necesario a la democracia española, en guerra contra el alzamiento de Franco. Cierto es que había un Tratado de NO intervención, pero este tratado los fascistas alemanes e italianos se lo saltaron a la torera. Y no solamente los fascistas enviaron tanques, artillería y batallones al bando nacional, sino que la aviación nazi bombardeó Guernika, con la misma impunidad que el destructor Deutschland atacó a la población civil de Almería sin posibilidad alguna de defenderse. Franco contaba también con la Legión y Regulares de Marruecos. Se hablaba entonces de una fuerza que se acercaba a los ochenta mil hombres.


La República sólo tuvo la ayuda de los brigadistas internacionales. La Brigada Lincoln, la Mackenzie-Papineau (canadienses) y el batallón Attlee de los ingleses, además de franceses, italianos y alemanes contrarios a Hitler y Mussolini. Sólo Rusia enviaba material cuando podía sortear el bloqueo al que estaba sometido el país por el tratado de no intervención.


Brigadas internaciones


“Contemplando el heroísmo de aquellos soldados británicos, no podía por menos de pensar que ellos estaban haciendo lo que los políticos—y los empresarios y los burócratas—se habían negado a hacer. Porque salvar la democracia en España era salvarla en todo el mundo civilizado”.


“Como parte de la ofensiva de Brunete, las Brigadas Internacionales habían tomado Villanueva de la Cañada en una batalla feroz que duró un día entero. El número de bajas fue enorme. Pude visitar a un brigadista inglés en el hospital de campaña. Tenía la espina dorsal destrozada y sus horas estaban contadas. Me pidió que le leyera la orden del día que les habían dado a los brigadistas aquella misma mañana antes de entrar a combate. Mientras la leía me dijo que le parecía una excelente pieza de oratoria. Me contó que había estudiado en la universidad de Cambridge y que se había alistado en las Brigadas poco después de graduarse. En momentos como esos me convencía a mí mismo de que merecía la pena seguir informando sobre aquella guerra. Recoger las últimas palabras de aquel joven que lo había dejado todo para acudir a luchar por un país que no era el suyo era devolver a mi país un rayo de esperanza, decirles a los ingleses que no todos eran tan ruines como los políticos que en aquellos momentos los gobernaban”.


Eso sí, las potencias europeas se preocuparon de salvaguardar los cuadros del Museo del Prado, mientras exiliados republicanos hacinados en el sur de Francia en “campos de concentración” morían de hambre y frio.


Con el tiempo el enfrentamiento se polarizó y defender la República pasó a significar la ayuda a los rojos, a los bolcheviques, a los revolucionarios. Los países europeos terminaron por apoyar a Franco con la creencia que después de la guerra la ideología del alzamiento pasaría por el redil de la democracia.


Cuando Franco inició el levantamiento nacional, es decir, el golpe militar, la organización obrera más importante , la CNT, lo paró en las principales capitales industriales de España , por lo menos en las de Catalunya, las del Mediterráneo e instauraron, ante el exilio de los burgueses capitalistas, la revolución anarcocomunista, hasta ahora la revolución más avanzada que ha existido nunca al mantener la democracia social y la libertad.


El 1 de abril de 1939 el generalísimo Franco anunció el fin de la guerra. La República había muerto.




Pero en aquel verano de 1938 era consciente sobre todo del tremendo sufrimiento humano que aquella guerra estaba causando. Me paraba por la calle, al verme con pinta de extranjero , una viuda para preguntarme por la güera y cuánto tiempo tardarían las tropas de Franco en entrar en Barcelona. Después me contaba que a su marido lo habían matado los “rojos” en los primeros días de la revolución y por eso quería saber cuándo entrarían “los suyos” en la ciudad. Llegaba al hotel y la camarera quería que le contase los últimos triunfos del ejército republicano. A ella la Falange le había matado a sus dos hermanos, asesinados en Pamplona poco después del Alzamiento.




martes, 1 de noviembre de 2022

CELIA EN LA REVOLUCIÓN



Encarnación Aragoneses, autora de “Celia en la Revolución”, usó el pseudónimo de Elena Fortún con el que publicó sus colaboraciones periodísticas y posteriormente su colección de libros sobre Celia. Y aunque “Celia en la Revolución” lo escribió en el año 1943 durante su exilio en Argentina, el libro no vio la luz hasta su tardía publicación, ya en el año 1987. Fue cuando la profesora Marisol Dorao viajó hasta Estados Unidos para encontrarse con la nuera de Elena Fortún que había guardado durante décadas el manuscrito de la novela, entregándoselo finalmente para su publicación.


Con una estructura lineal, capítulos progresivos y personajes populares al estilo barojiano, y un lenguaje coloquial, la autora nos presenta la guerra (in)civil española vivida desde la retaguardia. Vivencias de los ciudadanos anónimos, entre los que está Celia, una adolescente de clase media acomodada, hija y nieta de republicanos combatientes y convencidos; que ignora las causas y consecuencias del golpe de Estado militar y de la posterior guerra, y que sin tener conciencia ideológica alguna, sufrirá la miseria, el hambre, el miedo y el dolor de la contienda.


Aunque Elena Fortún no militó en ningún partido, era pro-republicana: estaba a favor de la legalidad legítima. Fue una mujer progresista de entonces, que se prodigó en activismos pedagógicos, sociales y feministas. Sin embargo, Elena Fortún nunca perteneció a ninguna de las dos Españas. Su libro es una de las grandes novelas de la guerra civil española; un testigo crítico con los dos bandos al que ninguno de ellos le sirvió ni perteneció. Su libro es un argumento contra las sacas, checas y paseos en el Madrid revolucionario, y también contra el bando sublevado que dio el golpe de Estado.


Surge, entonces, la idea de la Tercera España. Aquella, que republicana o no, es demócrata, y que se enfrentará al viejo mito de las dos Españas; contra los autoritarios de una y otra parte, los fascistas por un lado y los comunistas por otro, y como ya dijo Unamuno, en nombre de los que no fueron “ni de los hunos ni de los hotros” .


Chaves Nogales ya defendió la tercera España, Elena Fortú es la versión femenina y más entrañable de la necesidad de que todos los españoles sean ya de la tercera España.



— Sí...Imagínate cómo anda él...En un instante se ha quedado sin familia...Está allí aún...En la Cruz Roja...Si quieres verle… Yo me voy esta tarde...Créeme, se está mejor en el frente...Yo no he visto allí estos horrores...Creo que se llama Ludendorff el que inventó la guerra totalitaria.

—¿Cómo?

—Esta guerra que ataca a las ciudades y a las gentes civiles que están en su casa sin meterse con nadie...Te digo que no creo que haya un infierno bastante horrible para castigar tamaños crímenes.



Miro; en una vuelta de fachada veo una hermosa perra loba, tirada en el suelo, en un abandono tan atroz como si estuviera muerta. Junto a ella hay en un papel restos de arroz cocido.

—Se lo traje ayer—me sigue diciendo—, pero no lo quiere...Se ve que lo que quiere es morirse...Acompañó a su amo cuando le dieron el paseo allá arriba… y a los hijos del amo… a todos...luego vino a aullar a la puerta y, como vio todo cerrado, se tiró allí a morirse…



Al fin doña María, la más viejecita, que es la que dice los misterios enjareta una ingenua oración:

—Señor, que no se mate a nadie más, que se estropeen todos los aviones y no puedan volar, y se moje la pólvora, y tengan todos juicio y no sean brutos. Amén.